Confusión de roles

 

Adopcion

 

Parece que la teoría está clara: los hijos pequeños son niños, los no tan pequeños son adolescentes, y los padres son los adultos.

Esta es una gran obviedad, pero desafortunadamente, en la práctica, estos roles no siempre se cumplen con esta correspondencia, sino que se mezclan unos con otros, pareciendo los hijos los adultos, y los adultos los hijos.

Se le arrebata la infancia a un niño, y la adolescencia a un adolescente, de forma no visible, sutil, de manera que no parece y en realidad sí es, cuando estos, los hijos, son convertidos, y de forma crónica, en el pañuelo que seca las lágrimas de sus padres cuando éstos tienen problemas personales, cuando han tenido un mal día, cuando están deprimidos, cuando están desesperados, enfadados etc. Cuando uno de los padres, o los dos, lo involucran en sus problemas de pareja, de forma constante durante el paso de su “infancia” y/o “adolescencia”. Cuando delegan en uno de los hermanos, el cuidado sobre sus otros hijos, alegando, favoreciendo y reforzando que se conviertan en el soporte a nivel físico y psicológico de otro hermano o del resto de hermanos, con los conocidos argumentos de “es que es el hermano mayor,” “es que él es más fuerte”, “es que él es muy responsable y puede con todo”, argumentos que no sirven si tenemos en cuenta que no deja de ser un niño, o un adolescente, o en definitiva, un “hijo” más, al que se debe tratar igual que al resto. Y en definitiva “personas” que se merecen disfrutar de su condición de hijos, no teniéndose que convertir en “adultos” antes de tiempo.

Por otra parte, el discurso de un adulto, sobrecargado de problemas, contiene una carga emocional grande que es descargada en el hijo, de forma injusta, pues éste no tiene por qué asumir la responsabilidad de soportar esta carga, porque precisamente a él no le corresponde ser el colchón dónde “se abandonan” o “se caen” los adultos. El hijo no debe contener al padre, es al contrario: el padre, como adulto, es quien debe contener al hijo, quien debe protegerlo.

Esta confusión de roles, se traduce a largo plazo en la dificultad de los hijos, futuros adultos, para separarse de sus padres, para diferenciarse de ellos, para sentirse libres, sin cadenas que les aten en un verdadero conflicto de lealtades, (unas más conscientes, otras menos). En obstáculos para poder crear vínculos maduros e igualitarios con otras personas, para formar sus propias parejas afianzando sus propios hogares y núcleos familiares. En cargas que les convierten en personas que se olvidan de sus propias necesidades, en individuos que anteponen el tú antes que el yo.

A demás, cuando los hijos crecen atrapados en este tipo de dinámicas confusas, aprenden equivocadamente que son los responsables de la compañía de sus padres, de hacerles felices, e interiorizan por tanto, que la felicidad de otra persona depende de ellos, y creen todo esto porque asumieron de forma temprana mensajes (unas veces más explícitos, otras más implícitos o camuflados) que no debieron recibir: “papá no me hace caso”, “mamá no me escucha”, “tu hermano me pone muy nerviosa”, “estoy triste”, “me siento sola”, “no escuches a tu madre, es muy pesada”, “tu padre no tiene paciencia, estoy harta”, etc.

Por tanto y para concluir, es una realidad: vivimos en una sociedad en la que se asignan responsabilidades a los hijos, que no les pertenecen, y que sin embargo, están aprobadas socialmente. Y no les pertenecen sólo por el simple hecho de ser precisamente eso, hijos. Responsabilidades que, añadidas a otros factores, borran de las miradas de los niños pequeños la ilusión, la inocencia, el juego, la curiosidad, la sonrisa. Responsabilidades que imprimen otro gesto en su expresión corporal y facial, repercusiones que hacen que digamos eso de “parece una personita mayor en el cuerpo de un niño”. Y responsabilidades que hacen que un adolescente prefiera, entre otras muchas cuestiones, “quedarse en casa” diariamente antes que salir de casa y pasar algún rato con los amigos, realidad que en verdad les correspondería según la etapa en la que se encuentran de su ciclo vital natural.

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